por Mª José Cachafeiro Jardón - Farmacéutica, Dietista-Nutricionista, formadora y consultora.
30/07/2026
Cuando un paciente nos pregunta qué alimento 'inflama', lo que realmente intenta entender es por qué lleva meses cansado, no consigue perder peso o qué puede hacer para encontrarse mejor. Ahí empieza nuestro trabajo, ayudándole a comprender que su salud depende mucho más del conjunto de sus hábitos que de un ingrediente concreto.
Hace unas semanas, una paciente vino a recoger su tratamiento para el colesterol. Mientras repasábamos cómo debía tomar la medicación, me hizo una pregunta que llevo un tiempo escuchando con bastante frecuencia detrás del mostrador.
María José, ¿qué alimentos inflaman?
Podría haber empezado a hablar del azúcar, de los ultraprocesados o del alcohol. Sin embargo, preferí hacer otra pregunta.
¿Por qué me lo preguntas?
Entonces apareció el verdadero motivo de la consulta.
Llevaba meses sintiéndose cansada. No conseguía perder peso. Había dejado el gluten porque lo había visto en redes sociales. También había eliminado la fruta porque “tiene mucho azúcar”. Y estaba pensando en comprar un suplemento que prometía desinflamar el organismo.
Es una escena que se repite continuamente en la farmacia. Cambian los nombres, la edad y el alimento señalado como culpable. Un día es el gluten. Otro los lácteos. Otro el tomate. Pero, cuando rascas un poco, casi nunca el problema está ahí.
Nunca habíamos tenido pacientes tan interesados por su salud y, al mismo tiempo, tan perdidos. Llegan con vídeos, publicaciones de redes sociales y listas de alimentos prohibidos que muchas veces se contradicen entre sí. Al final, no es raro que terminen pensando que la solución consiste en eliminar otro alimento más.
Ahí la farmacia tiene mucho que aportar. No porque tengamos respuestas para todo, sino porque podemos ayudar a distinguir la evidencia del ruido y traducirla en decisiones que una persona pueda aplicar cuando salga por la puerta.
Hay una idea que intento explicar casi todos los días: la inflamación no es mala. De hecho, si no existiera, ninguno de nosotros estaría aquí. Gracias a ella cicatriza una herida, combatimos una infección o nos recuperamos de una lesión.
El problema aparece cuando ese mecanismo permanece activado durante meses o años. Esa inflamación crónica de bajo grado se relaciona con enfermedades tan frecuentes como la obesidad, la diabetes tipo 2, el síndrome metabólico o la enfermedad cardiovascular.
Por eso me cuesta responder cuando alguien me pregunta qué alimento inflama. La alimentación influye, por supuesto, pero también lo hacen el exceso de tejido adiposo, el sedentarismo, el estrés mantenido, dormir poco, el tabaco o las alteraciones de la microbiota.
Hace unos años los pacientes preguntaban qué debían comer. Ahora preguntan qué tienen que dejar de comer. Hemos pasado de construir hábitos a buscar culpables.
Las personas no comen nutrientes; comen como pueden. Desayunan deprisa, improvisan la cena cuando llegan agotadas a casa, comen fuera varios días por semana y hacen malabares para organizar a toda la familia.
Por eso, cuando alguien me pregunta por una alimentación antiinflamatoria, casi nunca empiezo hablando de comida. Prefiero entender cómo vive. Qué desayuna, quién cocina, cuántas horas duerme o qué le resulta realmente difícil cambiar.
Muchas veces descubres que el problema nunca fue el tomate. Era que llevaba meses durmiendo cinco horas, que cenaba a las once de la noche o que hacía semanas que no comía una sola legumbre. Ahí la conversación cambia por completo.
Si revisamos la evidencia, la dieta mediterránea sigue siendo el patrón alimentario con mayor respaldo. No porque tenga alimentos mágicos, sino porque funciona como conjunto y porque resulta sostenible. Más verduras, frutas, legumbres, frutos secos, aceite de oliva virgen extra y pescado; menos productos ultraprocesados.
No hay un alimento que cambie una vida. Una forma de comer mantenida durante años, sí.
Hay otro aspecto al que cada vez presto más atención: la proteína. Lo veo especialmente en mujeres a partir de la menopausia. Muchas creen que toman suficiente porque comen sano. Pero cuando repasamos juntas un día completo, descubrimos que la cantidad se queda corta.
Mantener la masa muscular influye en la fuerza, el metabolismo, la autonomía y la forma en que vamos a envejecer. Por eso no basta con fijarnos en lo que sobra; también debemos preguntarnos qué está faltando.
Con la fibra ocurre algo parecido. Ya no hablamos solo de estreñimiento. Hoy sabemos que alimenta la microbiota intestinal y favorece un entorno más saludable. Curiosamente, las recomendaciones para cuidar la microbiota coinciden casi siempre con las que mejoran la alimentación en general.
En este punto suele llegar la pregunta del millón.
Entonces... ¿qué suplemento me recomiendas?
No existe un suplemento antiinflamatorio. Existen suplementos útiles cuando están bien indicados: omega-3, vitamina D3, algunos probióticos... Pero ninguno sustituye una alimentación de calidad, el ejercicio o un buen descanso.
Nuestro trabajo consiste en saber cuándo recomendar... y cuándo no hacerlo.
La gran ventaja de la farmacia comunitaria es que volvemos a ver a nuestros pacientes. Podemos preguntar cómo les ha ido, reforzar un cambio, corregir otro y acompañarlos durante el proceso.
Después de tantos años detrás del mostrador he llegado a una conclusión sencilla: las personas rara vez mejoran su salud porque descubren un alimento milagroso. Lo hacen porque consiguen incorporar pequeños cambios que pueden repetir día tras día. Y muchas veces porque alguien les hizo la pregunta adecuada y estuvo allí para acompañarlas en el siguiente paso.